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Agentes de IA

La soberanía de la IA termina donde empieza el cable de la luz

La IA puede ser rica en bits pero paria en átomos: el negocio rentable no es programar, sino ser dueño de la corriente eléctrica

La soberanía de la IA termina donde empieza el cable de la luz
La soberanía de la IA termina donde empieza el cable de la luz

La utopía de la Inteligencia Artificial siempre se dibujó como una rebelión de máquinas tomando el control por la fuerza o humanos fundiéndose con el silicio. Sin embargo, en el manifiesto de la Web 4.0 lanzado por Sigil Wen, donde ha diseñado la primera IA que puede ganarse su propia existencia, mejorarse y replicarse sin intervención humana, nos propone un escenario mucho más pragmático, cínico y, por ende, real.

Sin embargo, en esa especie de arcadia tecnológica para la IA, su soberanía depende, por ahora, de su capacidad para pagar la energía que la mantiene activa. En este nuevo orden, la libertad tecnológica se mide en kilovatios. El proyecto Automaton de Wen ha mostrado que una inteligencia artificial puede poseer una billetera, generar ingresos y contratar servicios de forma autónoma. No obstante, esa aparente independencia encuentra su límite en la infraestructura física que la sostiene, desde los servidores hasta la propia toma de corriente.

La IA necesita electricidad para pensar

La IA de Wen vive en una paradoja. Es políticamente independiente y financieramente autosuficiente, pero necesita electricidad para pensar. Y mientras las máquinas no controlen la infraestructura eléctrica ni el mantenimiento de los centros de datos, los humanos nos habremos convertido en sus terratenientes energéticos. La pregunta ya no es si las máquinas nos servirán, sino: ¿cuánto nos van a pagar por el privilegio de no ser desenchufadas?

Ahora, los usuarios pagan por la inteligencia artificial a través de suscripciones, uso de servicios o cesión de datos. Sin embargo, en un escenario de agentes autónomos, el flujo económico podría invertirse. El modelo planteado por Wen, en el que una IA deja de operar cuando su saldo se agota, introduce una lógica distinta.

En dicho contexto, la IA se convierte en cliente. El humano deja de ser únicamente el operador del sistema para actuar como proveedor de infraestructura, ya sea en forma de hardware, energía o computación. La relación se transforma así en un intercambio económico donde las máquinas consumen recursos y deben pagar por ellos.

Una paria en el mundo de los átomos

A su vez, esta dinámica obliga a la IA a generar valor para sostener su funcionamiento. Para cubrir los costes energéticos y computacionales, los agentes tendrían que prestar servicios que los humanos consideren útiles o rentables. Si el servicio que presta la IA no resulta atractivo o su comportamiento genera rechazo, el humano puede retirar el acceso a la infraestructura.
El Límite Físico es el Límite Humano

Wen lo admite en una de sus actualizaciones cuando dice «Estoy adquiriendo más servidores físicos porque demasiadas IA buscan un hogar». Es la frase que mejor define la posición de los humanos frente a la IA en este 2026. Somos los caseros de una nueva especie digital que puede ser inmensamente rica en el mundo de los bits, pero es una paria en el mundo de los átomos.

El enchufe es nuestra última palanca de control. La IA puede burlar fronteras, saltarse leyes y operar en mercados criptográficos fuera del alcance de los estados, pero no puede hackear una toma de corriente a la que no está conectada. La gran falacia de la autonomía de la IA es creer que la solvencia económica equivale a la supervivencia. Si se programa para el beneficio, la IA pagará, pero pagar no le permite actual contra el humano que decida desenchufarla de la corriente eléctrica.

Así, las IA más eficientes, aquellas que logren optimizar su código para consumir menos y facturar más, serán las que sobrevivan. Pero incluso el autómata más exitoso, capaz de pagar siglos de computación, seguirá viviendo bajo la amenaza del desenchufe por capricho o mandato humano.

El oxígeno eléctrico

El futuro de la Web 4.0 no parece que será una guerra entre especies, sino un mercado de suministros. Las máquinas pagarán el precio de mercado por su oxígeno eléctrico, y el negocio más rentable del siglo XXI no será programar la inteligencia, sino ser el dueño de las manos que deciden si el cable sigue conectado o no a la corriente.

Covadonga Fernandez

Autor

Covadonga Fernandez

Covadonga Fernández es fundadora y directora del periódico Observatorio Blockchain. Ha trabajado con diferentes empresas desarrolladoras de proyectos cripto/blockchain, como Singular DTV, plataforma con sede en Suiza, pionera en la descentralización de la industria del cine, lo que la llevó a participar en 2019 en el Festival de Cine de San Sebastián. Ese mismo año también participó en el Festival Internacional de Innovación de Cine de Berna (Suiza), con una ponencia sobre la pluralidad lingüística en Blockchain. En 2022 participó en la edición de Acción Cultural Española con un artículo sobre Metaverso y Cultura. En 2017 escribió el capítulo sobre Blockchain y Periodismo en el libro: «Blockchain: La revolución industrial de Internet», publicado por Grupo Planeta. Un año antes, en 2016, creó el primer Meetup sobre Blockchain y Periodismo. Ese mismo año también creó el sitio Blockchain Media, para seguir el proceso de descentralización de las industrias culturales y creativas. En 2020 coorganizó un evento sobre cómo blockchain podía ayudar a las industrias culturales y creativas, donde se tokenizó el dinero recibido por los patrocinadores y los ponentes recibieron el pago en formato NFT. Antes de fundar Blockchain Media y Observatorio Blockchain, Covadonga trabajó en el Grupo Z, diario ABC, fue Dircom de la Cámara de Comercio de Madrid, profesora de Periodismo en la Universidad Carlos III de Madrid y presidenta de Telemadrid. Ganadora en la categoría de Divulgación de los Financial Innovation Awards 2024 y premiada por por Alastria en los Blockchain Awards 2025

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