La IA se ha convertido en el nuevo espejo. Ese al que preguntamos cómo nos ve el mundo. Como nos advierte el psicoanalista francés Jacques Lacan, en su sintética y profunda presentación de lo que denomina la fase del espejo, es ante este elemento en el que nos convertimos en sujetos. Hasta esa situación, somos meros seres biológicos. Cuando vemos nuestro reflejo, en los brazos de otro al que reconocemos, nos presentamos ante nosotros mismos. Así devenimos sujetos, seres sociales. Ya antes la mitología de la Grecia clásica nos había advertido de los abismos que se encuentran tras lo especular. Y buena parte de la literatura occidental se ha alimentado de esos abismos hijos del reflejo de uno mismo.
La IA, el nuevo espejo
Los espejos nunca han sido pasivos complementos decorativos. Su actividad es devolvernos la imagen de nosotros mismos y, así, nos convierten en espectadores de nuestra imagen. Para bien o para mal, nos obligan a enjuiciarnos. Los espejos nos juzgan. En verdad, los espejos son los otros. Por ello Sartre decía eso de que el infierno son los otros. Son los que nos juzgan. Y ante el espejo tomamos la distancia suficiente para ver cómo nos ven los otros.



